Poco a poco, todo ha ido llegando en trenes.
La infancia, llegaba en el tren de la Feria,
las tardes de agosto y manzanas de caramelo,
hasta el día en que la bruja, vendió su escoba.
La adolescencia, en el del carbón,
atravesando desafiante el Moll de la Fusta,
haciendo del mar, algo inalcanzable.
La juventud, en el de la costa,
abarrotado de polizones sin billete,
sin libertad y sin futuro.
El amor, en el de las 19'05 h.
de aquella tarde de octubre y se detuvo
en aquel apeadero para siempre.
La vida en definitiva, en el de la vida,
entre lo cotidianamente establecido,
y lo absurdamente deseado.
El último, ¿quién sabe?... que sea tarde.
Si es posible, al final de un largo recorrido,
y en dirección al invierno.

La inexorable muerte...
ResponderSuprimirVersos lapidarios para éste domingo itinerante...
Saludos hermano
Que me vas a contar a mi que nací y me crié en un pueblo creado al amparo de un importante nucleo ferroviario.
ResponderSuprimirEl tren de la muerte, el último, que tarde en llegar.
Bonitos versos Un saludo
Me apunto a ese último viaje tardío y en dirección al invierno. Muy buen poema.
ResponderSuprimirUn abrazo
(hace unos días colgué una cosa sobre ese último viaje: http://cuadernodebolsillo.blogspot.com/2011/10/el-gran-viaje.html)
Es cierto, querido Txema, que todo viene llegando poco a poco, en trenes demasiado rápidos. Hay apeaderos que no debieran de existir, como el del amor, ni estaciones donde la vida se aparca en una via muerta sin continuidad. Felicidades y un abrazo.
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